El signo de interrogación lo es respecto de si la serie es exclusivamente sobre lo manifestado en su título. Mi respuesta es que no, lo excede ampliamente. Porque es en realidad –la adolescencia- una suerte de analizador del estado de nuestra sociedad-cultura. Es más amplio aún que focalizarnos en la familia, la escolaridad o la justicia: no pueden dejarse de lado, pero aquí hay algo más que esas instituciones.
Sabido es que la adolescencia es un momento de metamorfosis, tanto identificatoria como pulsional. Es decir, el sujeto adolescente está a la búsqueda de una identidad identificatoria (sexual, de género, profesional-vocacional-laboral, etc.) que ofrezca un sentido general para su vida. Un sentido que calme su turbulencia pulsional e identificatoria y la angustia de desestructuración que acompaña a la misma. Fase turbulenta por excelencia y, por lo tanto, de fragilidad. Los sujetos están expuestos a identificaciones que son de tránsito. Esta situación de tránsito (M.L. Cao) es lo que caracteriza a esa época de la vida. Coagular el mismo es coartar la libertad que el sujeto debe tener para asomarse -por primera vez en su vida-, al abismo, la finitud, y el caos sobre el que el humano está parado, tal como dan testimonio las creaciones artísticas en general de esa etapa. El sujeto podrá abortar por sí mismo esa trayectoria, o la cultura podrá también hacerlo. En esta época de fragilización psíquica generalizada, producto ahora de esta forma de vida traumática, las y los adolescentes están más expuestos que nunca a la manipulación. En sociedades en las cuales la desorientación es generalizada, tanto como el daño cognitivo, son carne de cañón.
La serie Adolescencia debiera ser analizada –también-, desde esta perspectiva: el modo de ser de la subjetividad de época. Es decir, qué tipo de subjetividad es necesaria para la reproducción de esta forma de vida. Y, también, los «daños colaterales» que la misma genera.
Nada es más desacertado -desde el psicoanálisis-que sostener que todo lo que vivimos sucede por la decadencia del Padre como portador de la ley. Por lo tanto, por la crisis de la familia (que preocupaba tanto a Lacan como a la Iglesia en la década del 60) a causa de esta declinación. Eso no deja ver que no se trata del padre, no se trata de que el mismo regrese (si es que efectivamente de él hubiera dependido el ordenamiento social). Ese mismo padre fue una creación de la sociedad (instituido por la misma), para reproducirse, un padre creado e instituido al servicio del poder imperante. Que ahora «decidió» que la “ley del padre” pase a las redes sociales y compañía. Esas redes tienen dueños (Musk, Zuckeberg) que están decidiendo acerca del destino generalizado de la sociedad y sus miembros.
Adolescencia muestra a las claras la captura de la psique de los sujetos adolescentes a manos de redes sociales en las que la autoridad está instalada. Estas redes definen lo que la realidad es. Aprovechando la búsqueda de sentido en la que se encuentran los sujetos adolescentes –no solo ellos-, les ofrecen una garantía para el mismo.
El poder ha logrado crear una subjetividad borderline –fragilizada en sus fronteras intrapsíquicas, así como con la realidad, que se entroniza sobre todo en la adolescencia- que, a su vez, alimenta y es alimentada por las ultraderechas. Y eso es algo que como psicoanalistas no podemos dejar de alertar: ese sentido garantizado es un sentido totalitario, da una explicación plena, una clausura de sentido: sexual, de género, social, cultural, etc. Estas redes están formateadas por algoritmos creados por sujetos como los mencionados- que tienen una intencionalidad política clara. Y parece que esto -acerca de lo cual venimos advirtiendo desde hace más de una década- no está siendo tomado. El advenimiento de la pandemia fue anunciado, el de las ultraderechas también. Dos tragedias anunciadas.
El riesgo de Adolescencia es quedar mirándonos un crimen sin apreciar que el mismo es un síntoma -más- de esta forma de vida. No se trata tanto de los adolescentes, sus padres o del sistema educativo: el enemigo está en otro lado, a la vista de todos, y se hace fuerte por las noches e infecta las mentes de los sujetos -sobre todo adolescentes-. Pero no sólo por las noches: se instala en los medios masivos de comunicación e infecta la psique de toda la población.
Para concluir -por ahora-: el modo de ser filmada la serie -planos secuencia que abarcan cada capítulo- es un reflejo de la temporalidad que habitamos, un tiempo sin pausas, con un ritmo vertiginoso, que afecta la posibilidad de reflexión. Una vertiginosidad que impide el pensamiento crítico, de la mano de una avalancha de estímulos improcesables. El crimen del que da cuenta la serie muestra, a su vez, la necesidad de la sociedad de hallar un chivo expiatorio, en este caso, un adolescente -que, ciertamente ha asesinado, pero cuya imputabilidad debiera estar en debate, así como la penalidad respecto de su acto- acorralado por una psicóloga que le pregunta todo el tiempo acerca de si entiende las consecuencias y el sentido de lo que hizo. Lo que está ausente es la pregunta acerca de si estamos entendiendo el sentido y las consecuencias de esta forma de vida, el daño psíquico y social que la misma está produciendo. Y si entendemos que siempre es la adolescencia la que paga por las perversidades adultas: sea en la guerra, en la delincuencia, en el consumo de substancias, etc. Y, a no olvidar, lo ha hecho en el Nombre del Padre, y ahora en el de una sociedad dirigida por un capitalismo neoliberal tecnofinanciero absolutamente depredatorio, del medio ambiente, de la sociedad y de los sujetos mismos.