Xiros. Un «encuentro» con Cornelius Castoriadis

Fragmentos de «Magma. C. Castoriadis. Psicoanálisis, política, filosofía»

El sonido del móvil me despertó de la modorra en la cual me hallaba sumido, esa tarde en la cual intentaba seguir las jugadas de uno de uno de esos aburridos partidos de fútbol de uno de los incontables campeonatos que se juegan en Argentina. “No sabés, soñé con Castoriadis”. La frase de mi amiga Leonor terminó de despabilarme. Cortamos y continué mirando sin ver lo que se desarrollaba en el campo de juego.

Me dejé ganar por un extraño estado de ensoñación, bruscamente interrumpido. Porque ocurre que él está bajando del estrado, enciende un cigarrillo antes de que se agote el aplauso que corona su anteúltima conferencia. Mi intención es preguntarle algo, pero no puedo pronunciar palabra alguna pese a mis esfuerzos. Castoriadis se me aparece, en lo que debiera ser el patio de mi casa y que ahora es una isla griega, justo al mediodía. Para más exactitud, es Xiros. Me siento deslumbrado por la luminosidad, por el inesperado sonido del mar, por la visión de los pescadores en la orilla junto a las barcazas, por las figuras de hermosas mujeres que van hacia la sombra, pero sobre todo estoy sobresaltado por la presencia de este hombre a quien veo luego de que haya tocado mi hombro, y me dé vuelta. Me mira, me sonríe; yo, demudado, lo observo.

El sonido de un avión sobrevolando la isla es lo único que altera una visión que dura varios minutos. Lo sigo hasta un lugar a la sombra, donde nos acomodamos entre unas rocas. “Y bien – me dice – tal vez ahora pueda hacerme aquellas preguntas que no se animó a formularme aquel mediodía”. Yo siento que el campo visual se reduce como si estuviera a punto de desmayarme; sé que ese hombre ha muerto, que todo esto es imposible, pero, aun así, ocurre. Me río, nos reímos. El hombre se ve divertidamente impaciente ante mi silencio, y entonces me dice: “Sólo veinte minutos, tenemos ese tiempo, ni un segundo más”.

Tengo frente a mí a Castoriadis, el griego. El que a los doce años quedó deslumbrado por la filosofía y el marxismo, y a los quince militaba en la ilegal Juventud Comunista Griega mientras luchaba contra el nazismo; a quien sus compañeros no delatarán, aunque estén en la sala de torturas. Se irá del Partido Comunista griego por considerarlo un aparato burocrático, y se unirá al trotskismo el tiempo que dure su propio cuestionamiento de la lectura que éste hace de la URSS, a la que considera ya en esa época (año ‘45, a sus 23 años) un régimen capitalista burocrático total y totalitario. Perseguido por el stalinismo y por el fascismo, condenado a muerte, este hombre que parece dictarme todo esto sin pronunciar palabra, se va a Francia, donde se hará más griego todavía. Allí insiste, se une al trotskismo, hasta que fundará el grupo y revista Socialismo o Barbarie. Lo hará junto a Claude Lefort, Jean Laplanche, Jean-François Lyotard, Daniel Blanchard, entre otros.

Cuarenta números después, año 1967, Castoriadis rompe definitivamente con Marx y el marxismo. Mucho de Mayo de 1968 se inspiró en él, presente, entre otras cosas, en el lema ¡La imaginación al poder! Hasta entonces se verá obligado a escribir con seudónimos, dada la radicalidad de su pensamiento y por lo tanto el riesgo de ser deportado. Así escribe como Pierre Chaulieu, Paul Cardan, Jean Delvaux, siendo crítico del existencialismo, del estructuralismo y de gran parte del horizonte intelectual y político francés.

Sartre dijo de Castoriadis: “estaba en lo justo, pero en el momento equivocado”. Y Castoriadis de Sartre: “tuvo el honor de estar equivocado, en el momento justo”.

Alzo la vista, Castoriadis se encoge de hombros y me dice: “desde hacía unos años que estaba en análisis, pero mucho antes ya me apasionaba Freud tanto como me costaba seguir siendo marxista. Es que Marx había cometido un pequeño olvido: el de la dimensión del individuo singular, y no contemplaba que lo sociohistórico es producto de creación imaginaria, que existe un imaginario colectivo anónimo, radical, instituyente y constituyente. Marx sigue siendo un hegeliano que reemplaza el espíritu por las fuerzas productivas: es un racionalista. Para él, la técnica tiene un desarrollo autónomo y es el motor de la historia, mira la historia con ojos capitalistas, postula una naturaleza humana cuya principal motivación es económica. De este modo, el proyecto emancipatorio – que por supuesto que es previo a Marx – se contaminó con el imaginario capitalista de la racionalidad técnica y organizacional.”

“Además, Marx le otorgó al movimiento obrero una dimensión pseudo religiosa. Él era feliz: creía haber encontrado en el proletariado a la vez al sujeto de un movimiento efectivo y al portador de valores que eran los que él quería. Pero así se desentendió de pensar cuestiones como, por ejemplo, qué decir si el movimiento efectivo del proletariado es nazi o consumista. Pensaba que había una fatalidad del progreso… Estos y otros de sus pensamientos hicieron un importante aporte al totalitarismo que se desarrolló e implementó con Lenin. Insisto, Marx no pudo ver esa capacidad que tienen los colectivos humanos de hacer surgir de modo inmotivado – aunque sí condicionado – formas, figuras, esquemas nuevos que son creadores de mundos. Eso que hizo que el mundo griego se poblara de dioses y ninfas, que el mundo hebreo sea un producto de la acción de dios, o que el mundo capitalista sea un mundo dedicado a la expansión indefinida de las fuerzas productivas. Los colectivos toman lo que existe, para crear formas nuevas, impredecibles; producen en un determinado momento una ruptura de las significaciones imaginarias para dar lugar a lo nuevo.”

“Esa ruptura y aparición de nuevas significaciones es creación: es lo mismo que hacen los artistas. Fue así como los griegos constituyeron su polis, utilizando la mitología. Los griegos, la Revolución Francesa, los movimientos obreros libertarios del siglo XX muestran la aparición de la imaginación del colectivo, de su capacidad instituyente. Pero lo que pasa es que las sociedades, tanto como los sujetos, tienden a cerrarse, a buscar soluciones dentro de sus propios elementos. ¿Sabe cuál será el legado de Marx? Nos enseñó que debemos ver a la sociedad como una totalidad, funcional y a su vez desgarrada. Y también nos lega el llamado político: el asunto no es escribir una nueva utopía, sino tratar de buscar en el movimiento efectivo de los hombres lo que permite transformarla para otro futuro”.

“Le decía, entonces, que entré en contacto con el psicoanálisis a principios de la década del sesenta. Aprecié que con Freud todo esto podía ser pensado de otra manera, lo esencial de su planteamiento sigue siendo verdadero, lo que es necesario es que, ciertamente, hay que ir más lejos. ¡Porque la sociedad no es ni se constituye solamente con prohibiciones! … La sociedad no puede pensarse como el resultado de dos prohibiciones … una simple prohibición no puede crear nada, sino apenas reglar algo. Porque en la creación y existencia de las sociedades hay un contenido positivo casi infinito, no meras prohibiciones. Y con relación al mito del asesinato del padre, no podría nunca ser relacionado con la fundación de la sociedad si no incluyera el pacto de los hermanos.”

“El asesinato del padre no es nada y no conduce a nada sin ese pacto. El de Tótem y Tabú es un mito que apunta a hacer pensar, en términos psicoanalíticos, la institución de la sociedad como sociedad entre iguales (esa misma sociedad de la que Freud dice, en esa misma obra, que es la realidad). Los psicoanalistas no ven más que el asesinato del padre … Por otra parte, la asunción de la filiación no puede hacerse sino por la asimilación de la limitación del padre, por el hecho de que el padre es padre entre otros padres”.

“A mi entender el psicoanálisis lo que permite pensar es la posibilidad, en lo colectivo, de que los hombres puedan plantarse frente a los fundamentos de su sociedad, que dejen de pensar que las leyes que los regulan fueron creadas por dioses, por héroes canonizados, o por el mercado. Que se atrevan a salir de la cobardía de pensar que otro ya hizo las leyes por ellos … Es notable el paralelo con un proceso psicoanalítico: el sujeto, librado a su imaginación, va al encuentro de sus fundamentos, no para reverenciarlos, sino para enterarse de sus causalidades, y entonces, lúcidamente, decidir. Decidir, aunque sea seguir igual, pero decidir, y no entregarse a un poder del que muchas veces ni siquiera sabe que está allí.”

“El psicoanálisis es en ese sentido un instrumento maravilloso. Piense en lo siguiente: Ud. le pide a alguien que abandone su pensamiento racional – que siempre es el pensamiento determinado por las significaciones imaginarias colectivas que a Ud. le llegaron desde su familia, la escuela, la universidad, el trabajo, los medios masivos, etc. – entonces, le pide que abandone su yo oficial, ese socialmente conformado, para dar rienda, a través de sus asociaciones libres, a su imaginación radical, que es la que hace estallar certezas, cuestionadora de todo lo dado. Ud. le propone un ejercicio de la libertad.”

“Y voy a decirle algo: parte de la descomposición de occidente es debida a la peste psicoanalítica, a como el discurso freudiano lleva a pensar y cuestionar los fundamentos. La maternidad, la paternidad, la sexualidad, el odio, fueron puestos en primer plano por Freud y desmitificados, pues desarticuló de algún modo la sacralizada familia burguesa al mostrarnos el drama edípico. Ha tenido trascendentes efectos haber demostrado las tendencias profundas de los sujetos, todo lo no oficial de la subjetividad.”

“Que es justamente lo que Marx ignoraba, al decirnos: el poder está allí, hay que ir y tomarlo derrocando a los amos que lo custodian, todo lo que hay que hacer es tomar conciencia, que es la conciencia obrera. Freud se reirá de esto: “el amo está en Uds.”, nos dirá, “y Uds. no hacen más que recrearlo a través de sus identificaciones inconscientes, con su superyó y sus ideales.”

“La necesaria prohibición de los deseos originarios de la subjetividad va acompañada, en las sociedades heterónomas, de la prohibición de los pensamientos, el bloqueo del flujo de representaciones, el silencio impuesto a la imaginación radical. Prohibir el pensamiento también aparece como la única manera de prohibir los actos, ocasionando una mutilación de la imaginación radical.” Esto dice Castoriadis, que no mencionará su pasaje por el seminario de Lacan, su ruptura a partir de la institución del Pase, tampoco su casamiento con Piera Aulagnier, ni su trabajo como analista desde el año 70 hasta su muerte, en 1996.

“Estamos en un momento de crisis de las significaciones que nos habían mantenido unidos hasta ahora. No tenemos un nosotros. Cada uno está en lo suyo tratando de salvar lo propio, dejándose seducir por el canto de sirenas del consumismo – en el mejor de los casos – o matándose por conservar el trabajo que es amenazado constantemente por esta suerte de nuevo terrorismo que es el desempleo. Y si las significaciones de nuestra sociedad vacilan, es porque el capitalismo tenía su contrapeso, en las significaciones del proyecto de autonomía, que le obligaron a hacer un sinnúmero de concesiones: tope a las horas de trabajo, vacaciones, jubilación, pleno empleo, salud, educación laica gratuita y obligatoria, etc., todo aquello que hoy se desmorona dejándonos con la exclusiva compañía de las significaciones del capitalismo.”

El atronador ruido de las turbinas del avión que sobrevuela la isla interrumpe a Cornelius, que alza su mirada hacia algún punto del océano y así permanece unos minutos, tal vez horas o siglos. Lo suficiente como para que yo pueda volver sobre todo lo que ha dicho, me sobreponga al impacto del encuentro. Y piense…

Que la autonomía es expresión de algo que él reinventa: la imaginación. Eso que dice que Freud no se atrevió a mencionar pese a estar en el núcleo de su concepción del psiquismo (porque los sueños, la fantasía, los síntomas son impensables sin la imaginación, lo mismo que la asociación libre). La liberación de la imaginación radical es lo que lleva a la autonomía si sobre el producto de tal liberación puede luego volverse reflexivamente. Y esto equivale a cuestionar todo determinismo: para Castoriadis la historia no tiene sentido, no es la evolución del espíritu ni de las fuerzas productivas, ni la de la ciencia ni la de los deseos de Dios. Son las significaciones imaginarias sociales, producidas por el imaginario social instituyente, las que marcan los diferentes momentos de la historia al alzarse frente a lo instituido; lo instituyente versus lo instituido.

Sostiene Castoriadis que la esencia del hombre no es la racionalidad ni la lógica. Todo esto se opone a lo que siempre se ha dicho acerca de que el hombre es un ser lógico: en realidad es un ser loco. Lógica es lo que se comparte con los animales. En el humano predomina el placer representativo sobre el de órgano, es decir, la imaginación. (Tenemos el claro ejemplo de como en el hombre se desligan la sexualidad y la reproducción, porque no hay un objeto canónico de la sexualidad para el humano como en los animales. Hay así un estallido del psiquismo animal, subsistiendo parte importante del mismo).

En este punto Castoriadis retoma la palabra, interrumpiendo mi silencio.

“Una cosa es el poder explícito, y otra el que surge de la incorporación que los sujetos hacen de la institución de la sociedad a través de sus significaciones. Estas hacen al modo de pensar, sentir y actuar de los sujetos. Por eso para mí la clave es la dominación, el poder, mucho más que la explotación. Por eso mi preocupación por la autonomía en el sujeto y en la sociedad.” “Claro que esta es una época de conformismo generalizado, tal vez esto sea lo que mejor resuma el estado de la sociedad actual. Y juntamente con esto, el rechazo de toda noción de mortalidad. Se ha perdido el sentido trágico que nos señalaran los griegos, el límite que debe ponerse a la desmesura, a la hybris.”

“La democracia, como pensamiento, es necesariamente ateo. No necesita de la existencia de un dios, y asume que en el “más allá” no existe nada relevante para nuestros problemas. El ateísmo es el único pensamiento humano que asume realmente el significado de la muerte, que rechaza cualquier forma de esperanza: al no haber vida después de la muerte ni un dios, somos libres de obrar y pensar en este mundo.”

Ahora un extraño silencio se posa sobre nosotros y la isla. El mediodía está más resplandeciente aún, el aire más liviano, el calor mismo se hace sorpresivamente amable. Desde la ventanilla del avión que se acerca a la isla, Marini recuerda a Felisa, a Lucía, a Carla, mientras observa la escena en Xiros, la playa, las rocas, y a medida que la nave se inclina suavemente sobre su derecha, distingue dos personas entre las rocas y, más allá en la orilla, a una mujer. Las redes de los pescadores yacen junto a las barcazas. Y apenas sobresaliendo de una de ellas, observa su propia imagen, la de un hombre que mira cómo se acerca el avión que romperá el silencio de Xiros en segundos. A casi doscientos metros, esa figura que asoma de la barcaza me resulta familiar.

La salida de la situación actual será indisociable de un nuevo gran movimiento históricosocial, que reactivará la democracia y le dará a la vez la forma y los contenidos que el proyecto de autonomía exige. Lo que nos perturba es la imposibilidad de imaginar concretamente el contenido de semejante creación. La filosofía nos muestra que sería absurdo creer que alguna vez agotaremos lo pensable, lo factible, lo formable, así como también sería absurdo poner límites al poder de formación que siempre yace en la imaginación psíquica y en el imaginario colectivo. Pero ella no nos impide comprobar que la humanidad atravesó períodos de debilitamiento y letargo.”

“En cuanto a mí, precisamente porque tengo un proyecto que no abandono, estoy obligado a tratar de ver lo más claramente posible la realidad y las fuerzas efectivas en juego en el campo históricosocial. Hay momentos en la historia en los que todo lo que se puede hacer en lo inmediato es un lento y largo trabajo de preparación. Nadie puede saber si estamos atravesando una breve fase de letargo de la sociedad, o si estamos entrando en un largo período de regresión histórica. Pero no soy impaciente.”

Cornelius, el griego, hace una breve pausa. Su cigarrillo – enésimo cigarrillo – sigue apagado. Sigue hablando, pero algo extraño ha ocurrido: habla en algo que supongo es griego, inentendible para mí, mientras gesticula. De golpe desvía su mirada hacia mi izquierda, de donde, mientras giro mi cabeza, veo avanzar la mano de alguien que con un encendedor le ofrece fuego. Entonces reconozco al sujeto de la barcaza, quien con su figura interminablemente alta se ha acercado hasta esta suerte de espejismo. Le habla de la continuidad de los parques, de la Maga y los Cronopios, y de esta sociedad atascada en una autopista del sur. Castoriadis le responde en griego, algo que, curiosamente, yo entiendo: ¡la imaginación al poder! Ríen a carcajadas. Pero ya el avión inicia su caída en el Egeo, el ruido de un trueno hace que lo que estoy presenciando se desarticule como una imagen en el agua golpeada por un guijarro.

Cuando vuelva a aquietarse veré que aún no terminó el primer tiempo. Apago la tele, enciendo la notebook, y escribo y escribo, hasta este punto.

*Nombre de la isla griega donde transcurre la acción del cuento La isla a mediodía, de Julio Cortázar, sobre el cual he escrito este trabajo. Esta es una versión actualizada y reducida del que fue leído en ocasión del encuentro de julio de 1998 “El pensamiento como interrogación permanente”, co-coordinado con Leonor Zapolsky. El original forma parte de Magma. Cornelius Castoriadis. Psicoanálisis, filosofía, política, Buenos Aires, Biblos, 2003.

** El pensamiento de Castoriadis estará muy activo en mis actividades de este año. https://yagofranco.com.ar/atravesar-lo-extrano/