Una subjetividad sin sujeto

Acerca del proyecto presentado en Francia- Reforma 159 – Publicado hoy en Página/12

 

El Proyecto de Ley llamado Reforma 159, presentado por una senadora del partido gobernante en Francia, excluye a los tratamientos psicoanalíticos o los basados en fundamentos teóricos psicoanalíticos de la cobertura del seguro de salud. (https://www.senat.fr/amendements/2025-2026/122/Amdt_159.html).

Dice, entre otras cosas que esto se pondrá en marcha a partir del primero de enero próximo. “Esto tiene como objetivo garantizar la coherencia científica y la eficiencia en el gasto en seguros de salud¨. (…) “Los tratamientos de base psicoanalítica, especialmente cuando se aplican a trastornos del neurodesarrollo, trastornos de ansiedad o depresión y afecciones psiquiátricas crónicas, carecen actualmente de validación científica y de una evaluación positiva de su beneficio médico por parte de la Autoridad Nacional de Salud francesa (HAS). Diversos informes públicos han destacado la falta de evidencia de eficacia y la naturaleza inapropiada, incluso contraproducente, de estos enfoques” (…). “El objetivo es promover la difusión de prácticas terapéuticas recomendadas por la Alta Autoridad de Salud, incluidos los enfoques de rehabilitación conductual, educativa y psicosocial.”

Lo resaltado en negrita es una breve muestra de equívocos basados en intereses que intentan hacerse pasar de modo inadvertido. Como bien sabemos, en lo manifiesto habita de modo indiciario lo que intenta ser ocultado. Inevitablemente. Lo que no se dice, es que el psicoanálisis no forma parte de los tratamientos basados en la evidencia (término tan de moda desde hace un tiempo). Como si su práctica y sus efectos no fueran muestra suficiente. Claro, no lo es en los términos en los cuales la ciencia (oficial, aclaremos) lo pretende. En el uno a uno de la clínica la estandarización es imposible. Ya Castoriadis sostuvo que el psicoanálisis pretendió ser una ciencia, pero que se trata, en realidad, de una “teoría del alma”. No busca validación científica, porque es una pretensión imposible. Otro resaltado es el del neurodesarrollo. Está hablando de autismo; algo que ha devenido en una entidad espectral: trastorno de espectro autista (TEA). Más que eso: algo que tiene buena prensa, serlo da un curioso prestigio. Su espectralidad abre múltiples interrogantes, respecto de su etiología. Lo ambiental y lo fisiológico se disputan ese territorio. Una entidad, además, sospechada de estar siendo sobrediagnosticada.

Menciona el proyecto también a la ansiedad y la depresión. Como si no hubiera ya una práctica clínica psicoanalítica de décadas respecto de estas entidades nosológicas, por cierto, además, en una época de epidemia de ambas. Una práctica acompañada de tratamientos psicofarmacológicos en su mayoría, ya que una premisa de la praxis psicoanalítica es evitar un malestar que de otra manera no cedería, y, al mismo tiempo, generar las condiciones para que el tratamiento analítico sea posible. Como nota al margen –o no tanto- la psicofarmacología viene mostrando su eficacia parcial en el tratamiento de las depresiones.

Se despacha a estas entidades clínicas sin más del campo de la praxis analítica ¿Será porque interrogarlas sea algo peligroso, a ser evitado, porque son una desprolijidad para el sistema? ¿Un efecto colateral de una forma de vida? ¿Lo será también el espectro que habita en el autismo? ¿Un espectro que hay que exorcizar con medicación, tratamientos adaptativos, rehabilitaciones, sin interrogarlo? Claro que, ahora, es la época de los trastornos, nominación que pretende tomar el relevo del síntoma o del cuadro psicopatológico como aquello en lo que algo del sujeto se expresa. Hasta se aplica a los padecimientos psiquiátricos crónicos, dejando a un lado la complejidad de su abordaje, que es múltiple, la necesidad de ser escuchados que tienen quienes los padecen –sus delirios, sus alucinaciones, que siempre portan un sentido-. Que quede claro, ahí donde se habla de trastorno, no hay sujeto.

Finalmente, tenemos algo que revela una intencionalidad mentirosa: si está en juego lo económico lo es para, en realidad, llevar aguas a otros molinos. Las terapias cognitivo conductuales, el afán de sectores de las neurociencias (que hasta pretenden la existencia de un neuropsicoanálisis (sic), y todo lo que huela a rehabilitación. Está en juego la concepción de corregir defectos, adaptar a los sujetos a su entorno. Sujetos sin historia, sin conflictos, sin inconsciente, sin Edipo, ni castración ni tópica psíquica.

De este intento participan, por lo menos parte de las neurociencias, que en un movimiento de pinzas con las Terapia Cognitivo y Conductuales, promueven tratamientos “basados en la evidencia”. La industria farmacéutica forma parte de todo esto, y seguramente festeja por anticipado el incremento inevitable de sus ventas. También los fabricantes de toda la aparotología creada para escudriñar en el cerebro. Lo que hace un tiempo estaba al servicio del tratamiento y rehabilitación de problemáticas neurológicos, ahora pretende estarlo al servicio del diagnóstico de los dolores del alma. Las neurociencias abandonan su especificidad y pretenden avanzar sobre el campo del psicoanálisis. La retórica habitual es que Freud parte de la neurología, pero la abandona debido a la insuficiencia de los conocimientos de la época. Lo que no se menciona es que nunca volvió, porque creó otro dominio del saber y del abordaje de los padecimientos psíquicos y del análisis del alma humana. Tampoco lo hicieron sus seguidores.

Algo debe quedar claro; la psique humana tiene lazos indisociables y al mismo tiempo irreductibles a dos vías: con la realidad y con el cuerpo. Esto último abrió el campo de las patologías psicosomáticas y, si en algo las neurociencias pudieran aportar al tratamiento psicoanalítico, esto sería bienvenido. No alcanza con decir que dicha disciplina ha comprobado que no existe la amnesia infantil, porque los recuerdos son destruidos a nivel del cerebro. Pero sabemos de la existencia de los signos perceptivos, lo originario y cómo están presentes –de modo enigmático- en la vida psíquica de los sujetos. Como si la desaparición de representaciones no dejara huellas. Freud sostenía su no transcripción, pero nunca sostuvo que no enviara embajadores a otros estratos psíquicos.

En todo esto, lo que se arrastra como ponzoña, es la idea de crear subjetividades sin sujeto. Una subjetividad al estilo de los hombres huecos de Eliot, con la cabeza llena de aserrín. Una subjetividad desfondada, vaciada de sus incoherencias, conflictos, historia, inconsciente. Esto hace un buen equipo con la algoritmización de la vida. Ya no pensaremos, seremos –lo estamos siendo, en realidad- pensados. Modelados –aún más- como arcilla. Así es como se desfonda a la subjetividad, se apaga su fulgor en el océano inaprensible de una agitación constante cuyo objetivo es ese desfondamiento. Se la reduce a funcionamiento neuronal y conductual.

Habrá que evitar que esto avance y se expanda. Aunque difícilmente lo que propone este proyecto de ley tenga éxito, ya que su concepción del psiquismo es tan pobre que nada puede decir de la imaginación, de la capacidad de los sujetos de imaginar otros mundos, escribir un poema, crear religiones, amar, odiar, luchar, y, en este caso y, sobre todo, pensar críticamente a partir de las figuras de la psique que fluyen de modo indeterminado e indefinido. Algo que está en la base de lo que conocemos como pensamiento crítico. Que puede evitar que esto nos lleve a lo que el poeta escribe al final de su poema: “Así es como se acaba el mundo. Así es como se acaba el mundo, no con un estallido sino con un quejido”. El leve quejido de una subjetividad sin sujeto para habitar en un mundo de humanos, pero sin humanidad. Sin alma.